Visitada en toda su extensión por los miembros de la "Misión Científica Alemana", en septiembre de 1950, cuentan los nativos que en el pasado, la Gruta de San Pedro era visitada por propios y extraños de manera constante y permanente y que sus antecesores que ingresaban a esa morada, perdían toda esperanza de ver la luz del día. Hacen referencia también, que los incas del último tiempo del imperio, buscaron refugio en esa gruta y que en su interior, de paredes cubiertas de oro y plata, enterraron sus restos en tumbas que, en el futuro, no fueran profanadas por el hombre. De esa manera, se hace referencia a un número indeterminado de almas que flotan en la pesada atmósfera, oscura y soporífera, y cuando es hollada por personas extrañas a su raza, se escuchan lamentos y gritos que la convierten en tétrica y terrorífica.

 

En oportunidad pasada, cuentan que unos "gringos" ingresaron en ella y nunca más se supo de ellos. Juzgando por los enormes bloques desprendidos en la parte izquierda de la gruta, se piensa que fueron sepultados por una avalancha. Tan sólo, 20 días después vieron aparecer un pequeño perrito que, según dijeron, acompañaba a los desaparecidos. Noticias que llegan de fuera de nuestras fronteras, dan a conocer que hacia el año de 1920, un grupo de expedicionarios americanos lograron sacar algunas ollas repletas de oro y plata. No se ha podido confirmar la evidencia de tan importante hallazgo.

 

La investigación más seria, de la cual se tiene algunos antecedentes tangibles, es la referida a la "Misión Científica Alemana" que en 1950, realizaron una incursión que reveló interesante información, acompañada por fotografías. Precisa que se trata de una caverna de interesantes dimensiones que podría ser explotada como un punto de atractivo turístico y que, con un plan de promoción, podrían incrementarse las visitas de nacionales y extranjeros, porque se trata de un paseo que ofrece atractivos de emocionante belleza. Desde la pequeña plataforma que da acceso a la Gruta y el lugar donde hicieron su campamento, la visita de los alemanes se recrea con la belleza del valle y con los enormes pedregones que adornan su ingreso, de colores rojizos junto a los cactus de diversas especies que cuelgan como estalagmitas de belleza sin igual.

 

El ingreso a la Gruta, tiene cierta semejanza con las enormes puertas de los castillos medievales que quedaron a medio cerrar. El trasponer dicho ingreso, exige una posición de cuclillas, sintiéndose de inmediato el aire cálido y húmedo de su interior, en medio de la semi oscuridad que atemoriza, tanto por lo desconocido, como lo tétrico del ambiente. Muchas personas, se valieron de un ovillo de hilo desde el ingreso, con una extensión de 200 metros. De esta manera, se garantizaba el retorno desde su interior, ala usanza del denominado hilo de Ariadna, que no permitió el extravío de las personas, en tan complicado laberinto.

 

Una a una, las personas van ingresando, sólo con la ayuda de la luz de sus lámparas o linternas, cuyos rayos rasgan la densa oscuridad de la Gruta y, al proyectarse contra las paredes, toman raras formas gigantescas que parecen ocultarse en las inmensas grietas, como sí quisieran lanzarse sobre sus visitantes. Mientras los pies sortean una infinidad de obstáculos, poco a poco, cada persona advierte que camina sobre piso arenoso, suave. Tomados del final del hilo, los visitantes muy pronto encuentran la ribera del lago interior de aguas claras, mientras se aprestan a navegar en botes de goma para deslizarse hasta lo profundo de la caverna. La luz de las linternas parece despertar la vida allí dormida, con un centelleo intenso de luces que dan la impresión de encontrarse sobre un lecho de plata.

 

El bote de aleja dirigido por un guía que piensa encontrarse en un pedazo de la eternidad. De pronto se apagan las linternas y la lóbrega oscuridad se hace intensa, sólo alterada por la suave brisa en movimiento que provocan los cientos de murciélagos que circundan los aires de la gruta. El bote se aleja cada vez más, mientras que un segundo grupo se mantiene en la orilla de las aguas, con expresiones de preocupación.

 

Se ha recorrido sobre el lago más de doscientos metros y la luz del bote a desaparecido. Es inquietante para los que quedaron en la ribera del Lago y los minutos de espera se hacen eternos, por cuanto, parece no haber señales de vida en aquel escenario tan especial. Transcurrieron apenas quince minutos y el alma atormentada de los que esperan, retoma el regocijo al distinguir nuevamente la luz a la distancia que se aproxima al mando del audaz guía que rompe la lóbrega oscuridad y el silencio de más allá de la orilla. Este, comienza con el relato, contando sus impresiones sobre el recorrido en toda su extensión del pequeño lago que fue atravesado hasta la profundidad del largo canal, que se cierra en la medida en que se avanza hacia el interior de la caverna.

El resto de la expedición se apresta a navegar, para cumplir la misión de investigación que se ha propuesto. Ya no existe el temor de lo incierto, de las aguas que pronto desaparecen en el vacío. De esta manera, se concluye que el paseo ha sido interesante y que la impresión que se recoge al visitar la Gruta de San Pedro, es grata para el recuerdo.

LA GRUTA DE SAN PEDRO